El arco iris
El arco iris Anna Brangwen recibió con cierta ilusión la noticia de la llegada de su primo Will a Ilkeston. Conocía a muchos jóvenes, pero nunca le parecían reales. Había visto en tal muchacho galante una nariz que le gustaba, en otro un bigote agradable, en el de más allá una forma de vestir atractiva, en éste un flequillo ridículo y en aquél una cómica manera de hablar. Los hombres jóvenes eran para ella objeto de diversión y motivo de leve asombro, más que seres reales.
El único hombre al que conocía era su padre y, como Brangwen era más bien grandote, imponente, una especie de Divinidad, su figura abarcaba para Anna al conjunto de los hombres, y los demás eran simplemente superfluos.
Anna se acordaba de su primo Will. Vestía como los chicos de la ciudad, era delgado y tenía una cabeza peculiar, negra como la tinta, con el pelo lacio y sedoso. Era una cabeza peculiar. A Anna le recordaba algo que no llegaba a identificar: un animal, un animal misterioso que vivía en la oscuridad, debajo de las hojas, y, aunque jamás salía de su escondite llevaba una vida activa, intensa y veloz. Siempre que pensaba en él se acordaba de la cabeza negra, imponente, ciega. Y lo tenía por un muchacho extraño.