El arco iris
El arco iris Se presentó en la granja un domingo por la mañana: alto y delgado, con expresión alegre y una curiosa seguridad en sà mismo, a pesar de su timidez, una indiferencia innata a lo que pudieran ser los demás, mientras él fuese quien era.
Cuando apareció Anna, vestida de domingo, preparada para ir a la iglesia, William se levantó y la saludó con formalismo, estrechándole la mano. TenÃa mejores modales que ella. Anna se sonrojó. Se fijó en que su primo lucÃa un bigote negro, fino y suave como una pluma, que agrandaba su boca. Le pareció repulsivo. Le recordaba el pelaje sedoso y fino de un animal. Y detectó algo extraño en aquel muchacho.
La voz de William alcanzaba un registro bastante agudo y tenÃa una escala intermedia muy sonora. Era una voz rara. Anna no entendÃa por qué hablaba de esa manera. Sin embargo, William se comportaba con naturalidad en la sala de estar de la granja. TenÃa algo de la tosquedad y la seguridad innata de los Brangwen, y parecÃa sentirse como en su propia casa.
Anna estaba muy molesta por el trato Ãntimo y cariñoso que su padre daba al joven. Se mostraba amable con él y se hacÃa a un lado para que el chico pudiera destacar. Esto a Anna la descompuso.
–Papá –dijo bruscamente–, dame mi paga.
–¿Qué paga? –preguntó Brangwen.