El arco iris
El arco iris Su hermano, rubio y pequeño, le dio la flor dócilmente. Anna la olisqueó y, sin decir palabra, se la pasó a su primo, para que emitiera un juicio. William olió la lánguida flor con curiosidad.
–Es un olor raro –dijo.
De pronto, Anna se echó a reír. La expresión de todos se iluminó al instante y Fred siguió su camino con paso risueño.
Repicaban las campanas, y los tres primos iban andando por el campo estival con su ropa de domingo. Anna estaba muy guapa, con un vestido de seda a rayas marrones y blancas, ceñido en las mangas y en el talle, y recogido por detrás en un plisado muy elegante. Will Brangwen, muy bien vestido, parecía un caballero andante.
William llevaba el ramillete de curry colgando entre los dedos, y nadie decía nada. El sol resplandecía como si regara los ranúnculos en la orilla del río, el perejil loco espumeaba en los campos, alto y orgulloso entre la multitud de flores que flotaban en la verdosa penumbra de los prados.
Llegaron a la iglesia. Fred encabezó la marcha hasta el banco, seguido de su primo y de su hermana. Anna se sentía importante y especial. De alguna manera, aquel joven la descubría para los demás. William se apartó para cederle el paso y se sentó a continuación al lado de Anna. Era una sensación curiosa, estar sentada al lado de él.