El arco iris

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Le habría gustado que William no pronunciara con una voz tan clara las fórmulas de la liturgia. La distraía de su indefinido disfrute. ¿Por qué se imponía él de aquella manera, haciéndose notar? Era de mal gusto. Aun así, Anna siguió contenta hasta que llegó el momento del himno. William se levantó a su lado para cantar, y a Anna le gustó. Pero entonces, a la primera palabra, la voz de William resonó con potencia, inundándolo todo. Anna empezó a reírse disimuladamente, con el misal en la mano. William siguió cantando sin titubear. Su voz subía y bajaba, siguiendo su propio curso. Anna no podía evitarlo, le daba risa. En los momentos de mayor silencio, se reía por dentro a carcajadas. Hasta que no pudo resistir más, y la risa se apoderó de ella, la sacudió definitivamente, llenándole los ojos de lágrimas. Estaba sorprendida y fascinada. El himno proseguía y ella no paraba de reírse. Inclinó la cabeza sobre el misal, desconcertada y roja como la grana, pero aun así se estremecía de risa. Fingió que tosía, fingió que tenía algo atascado en la garganta. Fred la miraba con sus ojos azules claros. Anna empezaba a sobreponerse. Y, de repente, una ligadura de la voz poderosa y ciega que sonaba a su lado volvió a desencadenar una ráfaga de risa incontrolable.

Anna se arrodilló para rezar, reprochándose severamente su actitud. Pero, incluso arrodillada, pequeñas oleadas de risa seguían recorriendo todo su cuerpo.


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