El arco iris

El arco iris

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Frank, el tercer hijo, se negó rotundamente a estudiar desde el principio. Desde el principio merodeaba por el matadero, que se encontraba en el tercer patio, detrás de la granja. Los Brangwen siempre habían matado la carne que comían y además abastecían de ella al vecindario. Así terminó por desarrollarse un negocio cárnico estable en torno a la granja.

De niño, Frank se sentía atraído por el reguero de sangre oscura que cruzaba el pavimento del matadero a los establos, por la imagen del hombre que cargaba con la mitad del cuerpo de una ternera enorme para llevarla al cobertizo de la carne, con los riñones a la vista, incrustados en sus gruesos faldones de grasa.

Frank era un chico guapo, de pelo castaño suave y rasgos armónicos, con cierto aire de efebo romano. Y era más alterable que los demás, más influenciable y más débil de carácter. A los dieciocho años se casó con una chica de la fábrica, pálida, regordeta y callada, de ojos ladinos y voz aduladora, que se le había insinuado y que le dio un hijo cada año y le tomó el pelo. Cuando se hizo cargo del negocio, Frank ya se había vuelto insensible a la carne y sentía por ella una especie de desprecio que lo llevaba a desatender sus responsabilidades. Bebía, y era frecuente encontrarlo en la taberna, charlando, como si entendiera de todo, cuando en realidad no era más que un bocazas.


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