El arco iris

El arco iris

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Siguió siendo bruto y zafio, hablando con un marcado acento de Derbyshire, apoyándose con ahínco en su trabajo y su posición en la ciudad y haciendo buenos diseños, y ganó bastante dinero. Pero, cuando dibujaba, su mano se deslizaba por naturaleza en trazos grandes y audaces, bastante descuidados, y así, el diseño de los encajes era una crueldad insoportable para él, pues se veía obligado a trabajar con aquellas cuadrículas diminutas, contando, trazando y rezongando. Lo hacía con tozudez, con angustia, con el estómago encogido, aferrándose a toda costa a este destino de su elección. Volvía luego a la vida rígido y en tensión, hablaba de un modo extraño y era un hombre casi amargado.

Se casó con la hija de un farmacéutico, que se daba ciertos aires de superioridad, y así se transformó en una especie de snob, a su tozuda manera, desarrolló una auténtica pasión por los signos de refinamiento externo en su casa y perdía los estribos cuando ocurría una torpeza o una vulgaridad. Más tarde, cuando sus tres hijos iban creciendo y él era un hombre formal, cercano a la mediana edad, empezó a perseguir a mujeres extrañas y se convirtió en seguidor inescrutable de los placeres prohibidos, despreciando sin reparos su indignante vida burguesa.



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