El arco iris

El arco iris

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Le interesaban las iglesias, la arquitectura religiosa. La influencia de Ruskin le había despertado el gusto por las formas medievales. Su conversación era deslavazada, no se expresaba demasiado bien. De todos modos, oyéndolo hablar de una y otra iglesia, de naves, coros, presbiterios y cruceros, de mamparas ornamentadas y pilas bautismales, de tallas a la hachuela, molduras y tracerías, siempre con la íntima pasión de las cosas concretas, de los lugares concretos, fue calando en el corazón de Anna el silencio elocuente de las iglesias, el misterio, la poderosa trascendencia de la piedra doblegada, la tenue penumbra de colores en la que algo surgía vagamente, adentrándose en la oscuridad: la alta y deliciosa estructura de la mística celosía y, al fondo, al fondo de todo, el altar. Era una experiencia muy real. Anna se dejó llevar. Y tuvo la sensación de que una iglesia inmensa y mística abarcaba la tierra, una iglesia reservada en su penumbra, hechizada por una Presencia desconocida.

Casi le dolió, al mirar por la ventana, ver las lilas descollantes bajo el sol intenso. ¿O era la vidriera?

William habló del gótico, del Renacimiento y del gótico perpendicular, del gótico inglés temprano y del normando. Anna se deleitaba en estos nombres.


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