El arco iris
El arco iris –¿Habéis estado en Southwell? –preguntó William–. Una vez estuve allÃ, a las doce del mediodÃa, almorzando en la iglesia. Y las campanas tocaron un himno.
–SÃ, es una catedral muy bonita la de Southwell, tan recia. Con esos arcos redondos y recios, muy bajos, apoyados en gruesas columnas. Es grandioso el trazado de los arcos.
–También tiene un coro… Muy bonito. Pero a mà me gusta la nave central… Y el pórtico norte…
William estuvo entusiasmado y envanecido aquella tarde. Una llama prendÃa a su alrededor y volvÃa su experiencia intensa y brillante, ardientemente real.
Su tÃo lo escuchaba parpadeando, casi emocionado. Su tÃa adelantaba la cabeza con gesto enigmático, casi emocionada, aunque poseÃda por un conocimiento distinto. Anna lo acompañaba.
William volvió a su casa de noche con paso rápido, los ojos centelleantes y el semblante enigmático resplandeciente, como si regresara de un encuentro apasionado y vital.
El resplandor seguÃa iluminándolo por dentro, el fuego ardÃa, su corazón estaba encendido como un sol. HabÃa disfrutado con su vida desconocida y consigo mismo. Y estaba dispuesto a regresar a la granja Marsh.