El arco iris
El arco iris Así, los jóvenes se alejaron poco a poco, huían de los mayores con la intención de crear algo nuevo por sí mismos. William trabajaba en el jardín para ganarse el favor de su tío. Hablaba de iglesias para ganarse el favor de su tía. Seguía a Anna como una sombra: como una larga, insistente e inquebrantable sombra negra, iba detrás de su prima. A Brangwen lo sacaba de quicio. Le causaba una irritación desmedida la sonrisa radiante, la sonrisa felina de su sobrino, como él la llamaba.
Y Anna hacía gala de una reserva y una independencia inéditas. De un día para otro empezó a actuar con independencia de sus padres, a vivir al margen de ellos. Su madre tenía arrebatos de ira.
El cortejo siguió su curso de todos modos. Anna buscaba excusas para ir de compras a Ilkeston, a última hora de la tarde, y siempre volvía con la cabeza de William asomando por detrás de su hombro, ligeramente rezagado, como el diablo de Lincoln[3], según decía Brangwen enfadado, aunque también con satisfacción.