El arco iris
El arco iris Así, los jóvenes dejaron de ser el séquito de los mayores y empezaron a distanciarse y a establecer un reino independiente. A veces Tom Brangwen se exasperaba. Su sobrino lo sacaba de sus casillas. Le parecía un muchacho demasiado especial, demasiado reservado. Tenía un carácter entusiasta, sí, pero demasiado abstraído, como si fuera cosa aparte, como un gato. Un gato podía quedarse tranquilamente tumbado en la alfombra de la chimenea mientras su dueño o su dueña se retorcían de agonía a un metro de distancia. Los asuntos de los demás le traían sin cuidado. Y lo mismo le ocurría a William, que en realidad no se interesaba por nada más que por sus instintos.
Brangwen estaba molesto. A pesar de todo, apreciaba y respetaba a su sobrino. La señora Brangwen estaba molesta con Anna, que había cambiado de la noche a la mañana bajo la influencia de William. Apreciaba al muchacho: no era un extraño. Pero no le hacía gracia ver a su hija tan embelesada con él.