El arco iris
El arco iris Anna no apreció en absoluto este regalo la noche en que William se lo hizo. Pero a la mañana siguiente, cuando terminaron de hacer la mantequilla, cogió el sello para utilizarlo en lugar del antiguo, una imagen de bellotas y hojas de roble. Experimentó una curiosa emoción al ver el resultado. Le pareció extraña, la tosca figura del ave modelada en el hueco con forma de cuenco, el curioso temblor de las llamas, densas, que se deslizaban hacia el fondo desde el borde liso. Estampó otro bloque de mantequilla. Fue extraño levantar el sello y ver cómo el pájaro con pico de águila alzaba su pecho hacia ella. Le fascinaba crear el ave una y otra vez. Y, cada vez que la veía, le parecía un objeto nuevo que cobraba vida. Cada bloque de mantequilla se convertía en un extraño emblema vital.
Se lo enseñó a sus padres.
–Es precioso –dijo su madre, y un tenue brillo iluminó sus rasgos.
–¡Precioso! –exclamó su padre, desconcertado e inquieto–. ¿Qué pájaro dice que es?
Y ésta fue la pregunta que hicieron los clientes a largo de las semanas siguientes.
–¿Cómo se llama ese pájaro que habéis puesto en la mantequilla?
Esa noche, cuando vino William, Anna lo llevó a la lechería para enseñárselo.