El arco iris
El arco iris ¿Cómo se hacía uno viejo… cómo cobraba confianza? Deseó sentirse más viejo. Bueno, ¿qué diferencia había, mientras se sintiera maduro o completo, entre cómo era en este momento y cómo era el día de su propia boda? Podía estar casándose otra vez… Con su mujer. Se sintió diminuto, una figura pequeña, erguida en el centro de una llanura rodeada por un cielo inmenso y rugiente: él y su mujer, dos figuras pequeñas, erguidas, que atravesaban esta llanura bajo el rugido y el resplandor del cielo. ¿Cuándo llegaba uno al final? ¿En qué dirección terminaba todo? No había final, nada terminaba, no había nada más que aquel espacio inmenso y rugiente. ¿Es que uno nunca envejecía, nunca moría? Ahí estaba la clave. Experimentó una euforia extraña, torturada. Seguiría adelante con su mujer, como niños que acampan en las llanuras. ¿Qué había de cierto, además del cielo infinito? El cielo, sin embargo, era completamente cierto, ilimitado.
El majestuoso resplandor azulado ardía y jugaba entre la maraña de oscuridad, ante sus ojos, infatigable, suntuoso y espléndido. ¡Qué suntuosa y espléndida era su propia vida, roja, incandescente, resplandeciente y juguetona en las oscuras telarañas de su cuerpo! Y su mujer ¡cómo brillaba y ardía, oscurecida, dentro de sus propias telarañas! ¡Todo estaba siempre inacabado e informe!