El arco iris

El arco iris

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–Ahora, vosotros dos, preparaos para ir a la feria de las sábanas –gritó Tom Brangwen–. A sembrar una margarita. Pero como no os vayáis a la velocidad del rayo no os iréis nunca y dormiréis separados.

Anna se levantó sin decir nada y fue a cambiarse de vestido. Will Brangwen quería salir, pero Tilly apareció con su sombrero y su abrigo y le ayudó a ponérselos.

–Bien, buena suerte, hijo mío –gritó su padre.

–Cuando tengas el tocino en el fuego, deja que chisporrotee –le aconsejó su tío Frank.

–Despacito y buena letra, despacito y buena letra –protestó su tía, la mujer de Frank.

–Tú, tranquilo –dijo su tío político–. No vayas a embestir como un toro contra una verja.

–Dejadlo en paz –dijo Tom Brangwen con irritación–. No le deis tantos consejos. Es su boda, no la vuestra.

–No necesita tantas señales –dijo su padre–. Hay caminos por los que a un hombre lo tienen que guiar y hay caminos que hasta un bizco puede recorrer con un ojo cerrado. Por este camino no se pierde ni un ciego ni un bizco ni un tullido. Y él no es nada de eso, gracias a Dios.


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