El arco iris
El arco iris Aun así, Will se sentía extraño y desconocido. De golpe, todo cuanto existía se había esfumado, perdido. Un día era un hombre soltero, que vivía en el mundo, y al día siguiente estaba con Anna, tan lejos del mundo como si estuvieran enterrados, lo mismo que una semilla en la oscuridad. De golpe, como una castaña que se desprende de su erizo, se sentía desnudo y refulgente en un terreno blando y fecundo, liberado de la dura corteza del conocimiento y la experiencia del mundo. Fuera yacía, desechada, la experiencia del mundo. La oía en los gritos de los buhoneros, en el ruido de los carros y en las voces de los niños. Y era como la dura corteza del mundo desechada. Dentro, en la blandura y la quietud del dormitorio, se encontraba el núcleo desnudo que palpitaba en silenciosa actividad, absorto en lo real.
Dentro del dormitorio había un inmenso equilibrio, un centro de eternidad viva. Únicamente fuera, lejos, en los límites, persistían el ruido y la distracción. Aquí, en el centro, la enorme rueda estaba quieta, centrada en sí misma. Aquí reinaba una quietud flotante, perfecta y ajena al tiempo, infatigable, inmutable, que nunca se agotaba.