El arco iris

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Por la mañana, sin embargo, cuando se oía el traqueteo de los carros y los gritos de los niños en el camino, cuando pasaban los buhoneros voceando sus mercancías y el reloj de la iglesia daba las once sin que ellos se hubieran levantado, ni siquiera para desayunar, Will no podía dejar de sentirse culpable, como si estuviera infringiendo la ley: avergonzado de no haberse levantado todavía y estar haciendo algo.

–¿Haciendo qué? –preguntaba Anna–. ¿Qué hay que hacer? Lo único que harás será holgazanear.

Aun así, holgazanear seguía siendo una actividad respetable. Uno al menos estaba en relación con el mundo cuando holgazaneaba. Pero quedándose tan quieto, tan en paz, mientras la luz del día entraba tenuemente por los postigos, uno estaba amputado del mundo, encerrado en tácita negación del mundo. Y Will estaba inquieto.

Sin embargo, ¡era tan dulce y delicioso quedarse en la cama, hablando con ella de cualquier cosa! Era más dulce que la luz del sol, y menos evanescente. Casi le crispaba los nervios el repique insistente del reloj de la iglesia: parecía que no mediara espacio entre las horas, apenas un instante, dorado y sereno, mientras Anna le dibujaba los rasgos con las puntas de los dedos, totalmente despreocupada y feliz, de una manera que a él le encantaba.


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