El arco iris
El arco iris Anna notó que tenÃa hambre. TenÃa cada vez más hambre, desde hacÃa una eternidad. De todos modos, el hambre todavÃa no era suficientemente real para despertarla. Muy lejos, oÃa decir: «Me muero de hambre». Pero seguÃa tumbada, quieta, aislada, en paz, y las palabras no llegaban a pronunciarse. SeguÃa mediando un espacio.
Después, con mucha calma, casi ligeramente sorprendida, regresó al presente y se oyó decir:
–Me muero de hambre.
–Yo también –dijo Wil tranquilamente, como si no tuviera la más mÃnima importancia. Y una vez más se zambulleron en la quietud tibia y dorada. Los minutos fluÃan, abandonados, al otro lado de la ventana.
Anna se impacientó de pronto.
–Cariño, me muero de hambre.
Fue casi doloroso para Will que lo interpelara de esta manera.
–Nos levantaremos –dijo, sin moverse.
Anna volvió a hundir la cabeza en el pecho de Will, y se quedaron quietos, dejando pasar el tiempo. Consciente solo a medias, Will oyó que el reloj daba la hora. Anna no llegó a oÃrlo.
–Levántate –dijo por fin– y tráeme algo de comer.