El arco iris
El arco iris –Sà –contestó él, abrazándola, y Anna apoyó la cabeza en su pecho. ParecÃan algo desconcertados al ver que no podÃan moverse. El rumor de los minutos arreciaba en la ventana.
–Deja que me levante –dijo él.
Anna apartó la cabeza, a regañadientes. Como si se escindiera sutilmente, Will salió de la cama y empezó a vestirse. Ella le tendió una mano.
–Qué guapo eres –dijo. Y él volvió a la cama unos momentos.
Por fin se puso algo de ropa y, dirigiendo a Anna una mirada rápida, salió del dormitorio. Ella siguió tendida, transportada de nuevo a una paz más pálida y clara. Como un espÃritu, oÃa los ruidos de Will en el piso de abajo, como si ya no perteneciera al mundo material.
Era la una y media. Will contempló la cocina silenciosa, intacta desde la noche anterior, en penumbra con los postigos cerrados. Y corrió a abrir los postigos, para que la gente supiera que no seguÃan en la cama. Bueno, estaba en su casa: ¿qué más daba? Cargó la chimenea de leña rápidamente y encendió el fuego. Estaba eufórico, como un explorador en una isla sin descubrir. El fuego empezó a arder, y acercó el hervidor. ¡Qué feliz era! ¡Qué tranquila y aislada estaba la casa! No habÃa en el mundo nadie más que él y ella.