El arco iris
El arco iris Cuando abrió la puerta y, a medio vestir, asomó la cabeza, se sintió sin embargo furtivo y culpable. El mundo seguía existiendo, a pesar de todo. Y él se había sentido tan seguro como si su casa fuera el arca en mitad del diluvio y todo lo demás estuviera inundado. El mundo seguía existiendo, y era por la tarde. La mañana se había esfumado, el día envejecía. ¿Dónde estaba la mañana luminosa y fresca? Se sintió culpable. ¿Se había marchado la mañana, mientras él se quedaba en la cama, con los postigos cerrados? ¿La había dejado marchar sin prestar atención?
Observó de nuevo la tarde fría y gris. Y él ¡tan tranquilo, cálido y radiante! Había dos ramitos de jazmín amarillo en el plato que cubría la jarra de la leche. No sabía quién podía haber dejado aquella señal. Cogió la jarra y cerró la puerta rápidamente. Que siguieran su curso el día y la luz, que se alejaran con sigilo. Le traía sin cuidado. ¿Qué importancia tenía para él un día más o menos? Que cayera en el olvido, intacto, si quería, el rumbo de la luz del día.