El arco iris
El arco iris –Alguien ha venido y se ha encontrado la puerta cerrada –dijo, cuando volvió al dormitorio con la bandeja. Le dio a Anna los dos ramitos de jazmín. Ella se echó a reír y se incorporó en la cama, ensartando las flores en la pechera del camisón, como una niña. El pelo castaño, alborotado y salvaje, como una aureola, enmarcaba sus facciones tenuemente iluminadas. Los ojos oscuros miraron la bandeja con avidez.
–¡Qué bueno! –dijo, olisqueando el aire fresco–. Qué bien que hayas preparado tanta cantidad. –Y cogió el plato con manos ávidas–. Vuelve a la cama, corre… Hace frío. –Y se frotó las manos enérgicamente.
Will se quitó la poca ropa que se había puesto y se sentó en la cama, al lado de Anna.
–Pareces una leona, con la melena revuelta y la nariz hundida en la comida –dijo.
Anna soltó una carcajada cristalina y se tomó el desayuno muy contenta.