El arco iris

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Sin embargo, Will Brangwen estaba inquieto, con su mentalidad metódica y convencional, por el rumbo inexorable que habían establecido. Lo que uno tenía que hacer era levantarse por la mañana, lavarse y comportarse como un ser decente y social. Ellos, al contrario, se quedaban en la cama hasta que caía la noche y entonces se levantaban. Anna nunca se lavaba la cara, y ahí estaba, hablando con su padre tan contenta y descarada como una margarita abierta al rocío. Otras veces, Anna se levantaba a las diez y volvía a acostarse alegremente a las tres o a las cuatro y media, desnudaba a Will a plena luz del día, y todo lo hacía a la ligera, ajena a los reparos de su marido. Will le dejaba hacer con él lo que quisiera y parecía irradiar un extraño placer. Le permitía que dispusiera de él a su capricho. En manos de Anna se sentía transportado de felicidad. Entonces se derribaban sus recelos, sus máximas, sus normas, sus pequeñas creencias, Anna las desperdigaba como una diestra jugadora de bolos. Will los veía desperdigarse con profundo asombro y deleite.

Se quedaba quieto, atento y sonriente, maravillado de cómo sus Tablas de la Ley rodaban ladera abajo, rebotando y haciéndose añicos, desterradas para siempre. Era muy cierto, como decía la gente, que un hombre no nacía hasta que se casaba. ¡Qué cambio tan formidable!


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