El arco iris
El arco iris Anna no veía tantos obstáculos como Will, y así alcanzó la plenitud antes que él y estuvo dispuesta a disfrutar del mundo exterior antes que él. Anna quería ofrecer un té. A Will se le cayó el alma a los pies: él quería seguir, seguir tal como estaban. Quería olvidarse del mundo exterior, declararlo definitivamente terminado. Le angustiaba profundamente el deseo de que ella se quedara con él donde estaban, en aquel universo atemporal de pecho inmortal y extremidades libres y perfectas, proclamando que el viejo orden exterior había concluido. El nuevo orden había nacido para siempre, la vida viva palpitaba en el núcleo brillante y en la acción, sin corteza ni envoltorio ni mentira exterior. Pero no, no podía retenerla. Anna quería recuperar el mundo muerto, quería salir de nuevo al exterior. Iba a ofrecer un té. Will estaba asustado, furioso y triste. Temía perder todo lo que acababa de descubrir: como el muchacho del cuento, que era rey por un día y el resto del año plebeyo apaleado, como Cenicienta la noche del baile. Will estaba huraño. Pero Anna, despreocupada, empezó con los preparativos de su reunión. Will sentía un temor profundo, estaba preocupado, le repugnaban la huera ilusión y la alegría de Anna. Lo que hacía Anna ¿no era renunciar a la realidad, la única realidad, a cambio de lo huero y sin valor? ¿No se despojaba alegremente de su corona, para convertirse en un personaje artificial, al recibir a otras mujeres artificiales y ofrecerles un té? ¿Por qué lo hacía, cuando podía seguir siendo perfecta con él, y conservarlo a él perfecto, en el territorio del vínculo íntimo? Will se sentía abandonado, su felicidad destruida, obligado a aceptar la muerte huera y vulgar de la existencia exterior. En lo más hondo de su ser arraigaron el miedo y la inquietud. Anna se entregó a un frenesí de limpieza doméstica, alejándose de él mientras retiraba los muebles para barrer la casa. Will no se separaba de ella, muy abatido. Quería que ella regresara. El miedo y las ganas de que Anna se quedara con él, además de la vergüenza de sentirse tan dependiente de ella, desataron su ira. Empezaba a perder la cabeza. Otra vez el milagro iba a esfumarse. Todo el amor, el nuevo orden, tan espléndido, iba a desaparecer: Anna iba a despreciarlo todo por las cosas externas. Estaba dispuesta a aceptar de nuevo el mundo exterior, a desechar el fruto vivo y quedarse con la corteza visible. Will empezó a odiar esta inclinación en Anna. Daba vueltas por la casa, sumido en un estado de indefensión por el miedo al abandono, casi de imbecilidad.