El arco iris

El arco iris

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Y Anna, con las faldas recogidas, volaba de un lado a otro, absorta en sus tareas.

–Sacude la alfombra, ya que no estás haciendo nada –dijo.

Y, ardiendo de rencor, Will fue a sacudir la alfombra. Anna estaba alegremente ajena a él. Will volvió a rondarla.

–¿Es que no puedes hacer algo? –dijo ella, con impaciencia, como si hablara con un niño–. ¿Por qué no sigues con tu talla?

–¿Dónde? –preguntó él, con violento dolor.

–Donde sea.

¡Cuánto enfurecieron a Will estas palabras!

–O vete a dar un paseo –continuó Anna–. Ve a la granja. No te quedes dando vueltas por ahí como un fantasma.

Will se estremeció de ira. Se fue a leer. Jamás se había sentido su espíritu tan herido y tan muerto.

Pero enseguida tuvo que volver con ella. Esa manera de rondarla, de querer que estuviera con él, su inutilidad, sus manos ociosas, sacaban a Anna de quicio. Se enfrentó a él, ciega, destructiva, y Will se volvió loco, cargado de una furia negra y eléctrica. Una oscura tormenta se desencadenó en su interior, brillaron de maldad sus ojos negros, y se volvió diabólico en su espíritu humillado.


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