El arco iris
El arco iris Siguieron a esto dos días negros y atroces, Anna instalada en una hostilidad angustiosa, y Will con la sensación de encontrarse en un universo subterráneo, negro y violento, temblando sus puños de ira asesina. Y Anna se rebeló contra él. Su marido le parecía un ser oscuro, casi maligno, que la perseguía, la acechaba, la asfixiaba. Habría dado cualquier cosa por librarse de él.
–Necesitas hacer algo –dijo–. Tendrías que trabajar. ¿No puedes hacer algo?
Y el ánimo de Will se volvió todavía más negro. Alcanzó un estado completo, la oscuridad de su alma era absoluta. Todo había desaparecido: él seguía intacto en su voluntad tensa y negra. Dejó de fijarse en Anna. Su mujer no existía. El alma de Will, apasionada y oscura, se había replegado en sí misma, y ahora, encerrado y enroscado en un núcleo de odio, él existía en su propio poder. Había en sus facciones una palidez desagradable y rara, sin ninguna expresión. Anna se estremecía en su presencia. Le daba miedo. Le parecía que la voluntad de su marido combatía contra ella.
Estaba acobardada. Fue a la granja Marsh y entró de nuevo en la inmunidad del amor de sus padres. Will se quedó en Yew Cottage, iracundo, encerrado, con el ánimo muerto. Era incapaz de trabajar en su talla. Trabajó en el jardín mecánicamente, ciego, como un topo.