El arco iris
El arco iris De vuelta a casa, mientras subÃa la cuesta, contemplando el pueblo tenue y azulado en la ladera, el corazón de Anna se tranquilizó y se colmó de anhelo. No querÃa pelearse con Will nunca más. QuerÃa amor: sÃ, amor. Aligeró el paso. QuerÃa estar a su lado. Su corazón empezó a tensarse de anhelo.
Will habÃa arreglado el jardÃn, cortado la turba y colocado piedras en el sendero. Era un hombre mañoso y capaz.
–¡Qué bonito lo has dejado! –dijo Anna, acercándose con vacilación por el sendero.
Pero Will no le hizo caso, no oÃa nada. TenÃa el cerebro petrificado y muerto.
–¿Verdad que lo has dejado muy bonito? –repitió ella, en tono lastimero.
Will la miró con aquel rostro inmutable, inexpresivo, y aquellos ojos que nada veÃan, y Anna se asustó, se mareó y se quedó cegada. Will dio media vuelta. Anna vio que la figura esbelta de su marido se inclinaba para buscar algo a tientas. Y le pareció repulsiva. Entró en casa.