El arco iris
El arco iris Mientras se quitaba el sombrero, en el dormitorio, rompió a llorar amargamente, con un resquicio de su angustioso desconsuelo infantil. Se sentó y se quedó muy quieta, llorando. No quería que él la viese llorar. Tenía miedo de los movimientos de Will, perversos y bruscos, de su cabeza ligeramente caída, rígida, cruelmente al acecho. Tenía miedo de él. Sentía que laceraba su sensibilidad femenina. Sentía que la hería en la matriz, que se deleitaba torturándola.
Will entró en casa. El ruido de sus pasos, con las botas de faena, aterró a Anna: era un ruido duro, maligno, cruel. Tenía miedo de que subiera. Pero Will no subió. Anna esperó, asustada. Will salió de casa.
Will la hería en sus partes más vulnerables. Allí donde ella se había entregado a él, en su parte más tierna y femenina, él parecía lacerarla y profanarla. Se apretó la matriz, angustiada, con las mejillas cubiertas de lágrimas. Y ¿por qué, por qué? ¿Por qué él era así?
De repente se secó las lágrimas. Tenía que preparar el té. Bajó y puso la mesa. Cuando todo estaba listo, llamó a Will.
–He preparado el té, Will, ¿vienes?