El arco iris
El arco iris Anna oyó las lágrimas en su propia voz, y otra vez rompió a llorar. Sin contestar, Will continuó con su trabajo. Anna esperó unos minutos, angustiada. El miedo se había apoderado de ella, estaba aterrorizada, como una niña, pero no podía volver a casa con su padre: estaba prisionera del poder de aquel hombre que la había tomado.
Volvió a entrar, para que él no la viese llorando. Se sentó a la mesa. Will pasó al fregadero. Anna se estremeció al oír sus movimientos. ¡Qué manera tan horrible de bombear el agua, tan desquiciante, tan cruel! ¡Era odioso oírlo! Y ¡cuánto la odiaba él! ¡Como si la apaleara con su odio! Otra vez le entraron ganas de llorar.
Apareció Will, con la expresión de una máscara, sin vida, rígida, inmutable. Se sentó a tomar el té, acercando la cabeza a la taza de una manera muy desagradable. Tenía las manos enrojecidas por el agua fría, y restos de tierra en las uñas. Siguió tomando su té.
Era esta insensibilidad, esta manera de negarla, lo que Anna no soportaba, algo arcilloso y repugnante. Will estaba absorto, sin conciencia de nada. ¡Qué antinatural, sentarse al lado de un ser absorto, como una fuerza antagónica e instalada en la negación! Nada podía alcanzar a Will: él únicamente era capaz de asimilar las cosas dentro de su propio ser.