El arco iris
El arco iris –Anna –llamó.
No hubo respuesta. Subió las escaleras, temeroso de la casa vacÃa… Del horrible vacÃo que enloquecÃa su corazón. Abrió la puerta del dormitorio y, en lo más hondo, como un fogonazo, tuvo la certeza de que Anna se habÃa marchado, de que estaba solo.
Entonces la vio en la cama, acostada, muy quieta y apenas distinguible, de espaldas a él. Se acercó y posó una mano en el hombro de su mujer, muy despacio, indeciso, con inmenso temor y ofrecimiento. Ella no se movió. Él siguió esperando. Le dolÃa la mano apoyada en el hombro de Anna, como si ella lo rechazara. Y se quedó aturdido de dolor.
–Anna –dijo.
Pero ella seguÃa sin moverse, como un animal acurrucado y ajeno a todo. Una extraña y dolorosa agonÃa sacudió el corazón de Will. Luego, un movimiento del hombro de Anna le indicó que ella estaba llorando, encogida, para que él no se diera cuenta. Esperó. La tensión no cedÃa… Quizá no estuviera llorando. Anna se relajó de pronto, estremecida por un sollozo. Will ardió en lo más vivo, de amor y sufrimiento por ella. Arrodillándose en la cama con cuidado, para no rozarla con las botas manchadas de tierra, abrazó a su mujer con intención de consolarla. Los sollozos se concentraron, Anna empezó a sollozar amargamente. Pero no estaba con él. SeguÃa muy lejos de él.