El arco iris

El arco iris

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Will la estrechó contra su pecho mientras ella sollozaba, alejada de él, y todo su cuerpo vibró en contacto con el cuerpo de ella.

–No llores… No llores –dijo, con una extraña sencillez. Sentía el corazón sereno y encogido por una especie de inocencia amorosa, por fin.

Anna seguía sollozando, ajena a él, ajena al abrazo. Will tenía los labios secos.

–No llores, mi amor –dijo, de la misma manera distraída. Le ardía como una antorcha el corazón en el pecho, con sufrimiento. No soportaba la desolación de aquel llanto. Habría querido consolarla con su sangre. Oyó las campanadas del reloj de la iglesia, como si lo tocaran, y esperó con inquietud a que dejasen de sonar. Todo volvió a quedar en silencio–. Mi amor –dijo, inclinándose para rozar con los labios las mejillas húmedas de Anna. Tenía miedo de tocarla. ¡Qué húmedas estaban sus mejillas! Will tembló, mientras la abrazaba. La amaba hasta el extremo de sentir que el corazón y las venas iban a estallarle, para inundarla con su sangre caliente y curativa. Sabía que su sangre la curaría y reconfortaría.


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