El arco iris

El arco iris

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Anna empezaba a tranquilizarse. Dio gracias a Dios misericordioso de estar tranquilizándose por fin. Will tenía una sensación muy extraña en la cabeza, como si le ardiera. De todos modos, seguía estrechando a Anna con brazos temblorosos. Sentía que la envolvía con la fuerza de su sangre.

Y, por fin, ella se fue acercando a él, anidando en él. El fuego prendió en las extremidades y el cuerpo de Will, que estallaron en llamas. Anna se aferró a él, fiel a su cuerpo. Las llamas arrasaron a Will, que la abrazaba con la fuerza del fuego. ¡Ah, si ella lo besara! Acercó la boca a su boca. Y su boca, húmeda y suave, lo recibió. Will sintió que le estallaban las venas de angustia y agradecimiento, que su corazón deliraba de gratitud y podía derramarse eternamente sobre ella.

Cuando se recobraron, la noche era muy oscura. Habían pasado dos horas. Estaban tumbados, quietos, con el cuerpo cálido y débil, como un recién nacido, juntos. Y había un silencio comparable a lo que no ha nacido. Solamente en lo más hondo, Will lloraba de felicidad, después del dolor. No comprendía, había cedido, se había entregado. No había comprensión. Solamente cabían la aceptación y el sometimiento, y el trémulo milagro de la consumación.


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