El arco iris
El arco iris A la mañana siguiente, cuando se levantaron, había nevado. Extrañó a Will la singular palidez del aire, y su resonancia desacostumbrada. La nieve cubría la hierba y el alféizar de la ventana, se había acumulado en las ramas negras y recortadas de los tejos y posado en las lápidas del cementerio.
Pronto empezó a nevar de nuevo, y ellos seguían encerrados en casa. Will estaba contento, sentía que eran inmunes en un velo de silencio, no había mundo ni tiempo.
Siguió nevando varios días. El domingo fueron a la iglesia. Dejaron un rastro de pisadas en el jardín y Will estampó la huella de una mano en el muro de piedra al saltarlo. Sus pisadas se dibujaron en la nieve a lo largo de cementerio. Habían pasado tres días, inmunes en un amor perfecto.
Había muy poca gente en la iglesia, y Anna se alegró. No le interesaba demasiado la iglesia. Nunca había cuestionado sus creencias, iba con regularidad a la misa de la mañana, por pura costumbre. Sin embargo, había dejado de ir con ilusión. Hoy, por el contrario, con la extrañeza de la nieve, tras la perfecta consumación de su amor, volvía a sentirse ilusionada y expectante. Estaba serena en el mundo eterno.