El arco iris
El arco iris Will se encerró en sà mismo, para deleitarse en sus sensaciones. HabÃa en él algo crÃptico, como si tuviera un refugio subterráneo. Anna no soportaba estar en casa con su marido cuando se sumÃa en aquel estado.
Después de comer, Will se retiró a la salita, en el mismo estado de abstracción, que era como un peso insufrible para Anna. Luego se acercó a la estanterÃa y se puso a hojear unos libros que ella apenas habÃa mirado por encima.
Se enfrascó en un estudio sobre la iluminación de los misales antiguos y después en un volumen de pintura eclesiástica: arte italiano, inglés, francés y alemán. A los dieciséis años, habÃa descubierto una librerÃa católica en la que encontraba estas rarezas.
Pasaba las hojas, absorto, absorto en la contemplación, sin pensar en nada. ParecÃa que tuviera los ojos en el pecho, dirÃa Anna más adelante.
Anna se acercó a mirar los libros con él. En cierto modo la fascinaban. Estaba desconcertada, interesada, y al mismo tiempo se resistÃa.
Cuando llegaron a las imágenes de la Pietà , Anna estalló definitivamente.
–Me parecen repugnantes –exclamó.
–¿Qué? –dijo Will, sorprendido, distraÃdo.
–Esos cuerpos heridos que posan para ser venerados.