El arco iris

El arco iris

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Pero inmediatamente después, Anna empezó a vengarse. Ella también era un halcón. Imitar la voz lastimera del chorlito, ponerse quejumbrosa, era para ella parte del juego. Cuando Will, satisfecho, se abandonó con una orgullosa e insolente sacudida del cuerpo y dejó caer la cabeza casi con desprecio, ajeno a su mujer, ignorando su existencia después de haberse colmado de ella y haber obtenido su satisfacción, el espíritu de Anna se rebeló con furia, sus alas se volvieron de acero, y atacó a su marido. Cuando él se sentó en su percha de ave, mirando intensamente a un lado y a otro, con solitario orgullo, con un orgullo distinguido y fiero, Anna se abatió sobre él y lo derribó violentamente, aguijoneó su dignidad masculina en lo más hondo, espoleó su orgullo imperturbable, hasta que él enloqueció de ira, sus ojos del color de la avellana ardieron fieramente, viendo por fin a Anna, la miraron lanzando llamaradas de rabia y la reconocieron como enemigo.

Muy bien, Anna era el enemigo, muy bien. Él la acechaba, ella lo vigilaba. Cuando él atacaba, ella devolvía el golpe.

Will se enfadó mucho con Anna porque había dejado sus herramientas a la intemperie, para que se oxidaran.

–Pues no las dejes tú tiradas en cualquier parte –contestó ella.

–Las dejaré donde quiera –gritó él.


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