El arco iris
El arco iris –Entonces yo las tiraré donde quiera.
Se fulminaron mutuamente con la mirada, él con su furia concentrada en las manos, ella con una fogosa sensación de victoria en el alma. Estaban muy bien igualados. LibrarÃan el combate.
Anna querÃa coser. En cuanto terminó de recoger las cosas del té, sacó la costura, y Will montó en cólera. No soportaba el ruido de la tela, que Anna desgarraba vivamente, casi con placer. Y el motor de la máquina de coser terminó por ponerlo frenético.
–¿Es que no vas a dejar de hacer ruido? –vociferó–. ¿No puedes coser de dÃa?
Ella levantó la vista bruscamente, con hostilidad.
–No, no puedo coser de dÃa, tengo otras cosas que hacer. Además, me gusta coser, y tú no me lo vas a impedir.
Dicho esto siguió con sus arreglos, sus retoques y sus puntadas, y los nervios de Will saltaron de rabia al oÃr el tableteo y el zumbido de la máquina.
Pero Anna estaba disfrutando, se sentÃa triunfante y feliz mientras la aguja ejecutaba su extática danza en la costura, dibujando una lÃnea en la tela con sus puñaladas enérgicas, irresistibles. Era ella quien hacÃa zumbar la máquina. Ella quien la detenÃa imperiosamente, con dedos dominantes, diestros y ágiles.