El arco iris
El arco iris Que su marido estuviera sentado detrás de ella, tenso y lleno de rabia impotente, servía únicamente para dar a la energía de Anna un vívido temblor. Siguió con su costura. Por fin Will se fue a la cama, hecho una furia, y se quedó muy tenso, lejos de ella. Y ella le dio la espalda. Y por la mañana no intercambiaron nada más que fríos formalismos.
Y, cuando Will volvió a casa esa noche, ablandado e incendiado de amor por Anna, cuando estaba dispuesto a reconocer que había obrado mal, y esperaba que ella sintiera lo mismo, encontró a su mujer sentada a la máquina de coser y la casa inmersa en la tortura de la tela, sin que Anna se hubiera tomado siquiera la molestia de poner el hervidor al fuego.
Anna se sobresaltó, fingiendo preocupación.
–¿Tan tarde es? –exclamó.
Pero la expresión de Will se había tensado de ira. Entró en la sala de estar, dio media vuelta y salió de casa. A Anna se le cayó el alma a los pies. Empezó a preparar el té para su marido a toda prisa.
Will echó a andar por la carretera de Ilkeston, con el corazón cegado. Cuando estaba en aquel estado nunca pensaba. Un cerrojo bloqueaba las puertas de su cerebro y lo dejaba encerrado dentro, como un prisionero. Volvió a Ilkeston y se tomó una cerveza. ¿Qué iba a hacer? No quería ver a nadie.