El arco iris
El arco iris Y Anna se enfrentaba a él, implacable, porque él dejaba dormir su inteligencia. Lo que era humano, lo que era propio de la humanidad, Will no lo ejercitaba. Se preocupaba solo de sà mismo. No era cristiano. Por encima de todo, Cristo habÃa proclamado la fraternidad entre los hombres.
Casi en contra de su voluntad, Anna se aferraba al culto del conocimiento humano. El hombre tenÃa que morir corporalmente, pero en su conocimiento era inmortal. Ésta era su creencia no formulada, en algún rincón oscuro. CreÃa en la omnipotencia de la razón.
Will, al contrario, ciego como un animal subterráneo, ignoraba completamente el raciocinio y perseguÃa los deseos de su alma oscura, abriendo túneles con el hocico. Anna sentÃa a menudo que se ahogaba. Y se rebelaba contra él.
Entonces, consciente de su ceguera, Will reanudaba el fiero combate, desquiciado de temor sensual. HacÃa tonterÃas. Reivindicaba sus derechos, se arrogaba la anticuada posición de señor de la casa.
–Tienes la obligación de hacer lo que yo quiera –gritaba.
–¡Idiota! –contestaba ella–. ¡Idiota!
–Te voy a enseñar quién manda aquà –gritaba él.