El arco iris

El arco iris

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Uno tras otro llegaban los días radiantes y cruzaban las puertas del Paraíso, un día tras otro, Anna se adentraba en el fulgor. El hijo que llevaba en su vientre la hacía resplandecer como un rayo de sol; y qué hermosa era la luz del sol en su perezoso deambular por el mundo, las candelillas que colgaban de los arbustos, al final del jardín, con su aureola temblorosa y flotante, los leves penachos de humo como llamas que estallaban en los tejos negros igual que un pájaro posado en sus ramas. Un día, la tierra se cubrió de jacintos silvestres al pie de los setos, luego centellearon las prímulas como un maná, dorado y evanescente, en las praderas. Anna estaba sumida en un letargo y una belleza suntuosos. ¡Qué feliz estaba, qué maravilloso era vivir!: haberse conocido a sí misma, haber conocido a su marido, la pasión del amor y de la concepción, y saber que todas estas cosas vivían, esperaban y ardían alrededor, como un terrible fuego purificador que ella había atravesado para alcanzar la paz de este resplandor dorado, en la que se encontraba embarazada, inocente, enamorada de su marido y con la multitud de los ángeles cogidos de la mano. Levantó el cuello a la brisa que venía de los campos y tuvo la sensación de que ésta la trataba como una hermana cariñosa, y bebió la brisa en la fragancia de las prímulas y las flores del manzano.



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