El arco iris
El arco iris Y, entretejida con su felicidad, una sombra negra, hostil, salvaje como un animal de presa, merodeaba y se perdía de vista, y como jirones de telarañas que el viento colgaba ante sus ojos, había una amenaza para ella.
Anna tenía miedo cuando Will volvía a casa de noche. De momento, su temor nunca hablaba, la sombra nunca la atacaba. Will estaba amable, dócil, reservado. Acariciaba a su mujer con delicadeza, y ella adoraba aquellas manos. Sin embargo, sentía un espasmo, seco como el dolor, consciente de la oscuridad y de ese otro mundo silencioso, en la suave envoltura de las manos de su marido.
El verano transcurría silencioso como un milagro, y Anna pasaba la mayor parte del tiempo sola. No se interrumpió el largo y delicioso letargo, las rosas del jardín se deshojaron, arrasadas por un chaparrón, el otoño sucedió al verano, y el día largo, dorado, inició su declive. Las nubes carmesíes ardían al oeste y, al caer la noche, todo el cielo parecía desprender vapor y gases, y la luna, muy alta por encima de los veloces vapores, era blanca y opaca, la noche inquieta. De repente asomaba en una ventana limpia del cielo, mirando desde las alturas, como cautiva. Y Anna no dormía. Su marido irradiaba una tensión oscura y extraña.