El arco iris
El arco iris Anna comprendió que Will intentaba imponer su voluntad, que quería algo, acostado a su lado, oscuro y tenso. Y su alma suspiraba de cansancio.
Todo era difuso y exquisito, y él quería despertarla a la realidad dura y hostil. Anna se alejaba y se resistía. Will seguía sin decir nada. Sin embargo, Anna sentía su poder sobre ella, insistente, hasta que tomó conciencia de la tensión y lloró para ahuyentar su agotamiento. Will la estaba forzando, la estaba forzando. Y ella ¡deseaba tanto la alegría, la vaguedad y la inocencia de su embarazo! No quería el amor de su marido, amargo y corrosivo, no quería que este amor se derramara sobre ella, que la quemara. ¿Por qué tenía que aceptarlo? ¿Por qué, ay, por qué Will no estaba contento, tranquilo?
Anna pasaba muchas horas sentada junto a la ventana, los días que Will más la empujaba con la negra coacción de su voluntad, y veía caer la lluvia sobre los tejos. No estaba triste, solamente nostálgica, pálida. El hijo que llevaba en su vientre le daba una calidez perpetua. Y se sentía segura. La presión que se ejercía sobre ella era exterior, en su alma no había fisuras.
De todos modos, su corazón seguía encogido, tenso, angustiado. No estaba a salvo, siempre estaba en peligro, siempre atacada. Anhelaba la plenitud de la paz y la dicha. ¡Qué anhelo tan poderoso… tan poderoso!