El arco iris
El arco iris Anna le suplicaba que volviera a su trabajo, a su talla. Pero habÃa demasiada negrura en el espÃritu de Will. HabÃa destruido su panel de Adán y Eva. No podÃa empezar de nuevo, mucho menos ahora, en aquel estado.
No habÃa liberación definitiva para Anna mientras Will no se liberara de sà mismo. Extraña y amorfa, se sentÃa obligada a seguir adelante a pesar de los pesares, como una nube radiante y cálida empujada por un vendaval. Se sentÃa tan rica, en su cálida vaguedad, que su alma gritaba a su marido, porque la acosaba y querÃa destruirla.
Aun asÃ, Anna seguÃa teniendo momentos exaltados, renacimientos de su antigua exaltación. Sentada junto a la ventana de su dormitorio, mientras contemplaba la lluvia constante, su espÃritu se encontraba muy lejos.
Se sentaba con un orgullo y un placer singular. Allà donde no habÃa nadie con quien compartir su júbilo, donde el alma insatisfecha se verÃa forzada a danzar y jugar, una bailaba en presencia de lo Desconocido.
De pronto comprendió que eso era lo que querÃa. Con el vientre hinchado, bailó en el dormitorio, a solas, levantando su cuerpo y sus manos a lo Desconocido, al Creador invisible a Quien pertenecÃa.
No querÃa que nadie lo supiera. Bailó en secreto, y su alma se colmaba de dicha. Bailó en secreto, en presencia del Creador, se desnudó y bailó, orgullosa de su preñez.