El arco iris
El arco iris También para Will fue un suplicio. Veía resplandecer el amor, como una flor, en el semblante de Anna, pero su corazón estaba negro, no quería el amor de su mujer. No quería la inocencia de la flor. Estaba insatisfecho. La ira y la tormenta de insatisfacción lo torturaban sin tregua. ¿Por qué Anna no le daba satisfacción? Él se la había dado. Ella estaba satisfecha, en paz, inocente en el umbral de su propio paraíso.
Y él estaba insatisfecho, incompleto, sufría profundamente, y esperaba, seguía esperando. Ella tenía la obligación de satisfacerlo: que lo hiciera. Que no se acercara con las manos rebosantes de amor inocente como flores. Él tiraría esas flores al suelo y las pisotearía hasta hacerlas pedazos. Destrozaría la dicha inocente y florida de Anna. ¿No tenía derecho a que ella le diera satisfacción, no ardía su corazón de deseo, su alma incompleta de negro tormento? Tenía que alcanzar la plenitud, igual que ella la había alcanzado. Él le había dado a Anna su plenitud. Ahora le tocaba a ella dar un paso y cumplir con su parte.
Will era cruel con Anna. Y, al mismo tiempo, siempre estaba avergonzado. Y cuando se avergonzaba, se volvía aún más cruel. Porque se avergonzaba de no alcanzar la plenitud sin ella. No era capaz. Ella no le hacía caso. Estaba encadenado y sumido en la oscuridad del tormento.