El arco iris
El arco iris Y tenÃa que bailar de exultación, lejos de él. Porque él estaba en casa, ella tenÃa que bailar en presencia de su Creador para verse exonerada del hombre. Un sábado por la tarde, Anna encendió el fuego en su dormitorio y una vez más se desnudó para bailar, levantado las rodillas y las manos, con lento y rÃtmico júbilo. Will estaba en casa, y esto enardecÃa el orgullo de Anna. QuerÃa bailar hasta anular completamente a su marido, bailar para el Señor invisible. Se sentÃa elevada por encima de su marido, en presencia del Señor.
Oyó que Will subÃa las escaleras y se estremeció. Se quedó quieta, con el resplandor del fuego en los tobillos y los pies, desnuda en la penumbra de la tarde avanzada, recogiéndose el pelo. Will se quedó de piedra. Se detuvo en el umbral de la puerta, con el ceño oscuro y fruncido.
–¿Qué haces? –preguntó, con voz crispada–. Te vas a resfriar.