El arco iris
El arco iris Y Anna levantó las manos y volvió a bailar, para anularlo, con la luz reflejada en las rodillas, alejándose con movimientos lentos y delicados hasta el otro lado del dormitorio, surcando la luz del fuego. Will seguía en la puerta, con la negrura de una sombra, contemplando a su mujer, transfigurado. Y Anna, con movimientos lentos y pesados, se balanceaba adelante y atrás, como una mazorca rebosante de maíz, pálida en el crepúsculo, abriéndose paso entre la luz del fuego, bailando hasta que Will dejara de existir, entregándose en su danza al Señor, al júbilo.
Will la observó unos momentos, y sintió que le ardía el alma. Se retiró, no podía mirarla, le dolían los ojos. Las extremidades delicadas de Anna se elevaban cada vez más, sacudía la melena con furia, y su vientre grande, extraño, aterrador, se elevaba al Señor. Con gesto embelesado y hermoso, bailaba exultante ante el Señor, y no conocía hombre alguno.
Mientras miraba a su mujer, Will tuvo la impresión de estar ardiendo en la hoguera. Como si lo quemaran vivo. La extrañeza y la fuerza de Anna, absorta en su danza, lo consumían, lo abrasaban, no alcanzaba a comprenderlo. Esperó, arrasado. Después, sus ojos se volvieron ciegos a ella, dejó de verla. Y entre el velo cegador que los separaba, dijo, con voz chirriante:
–¿Por qué haces eso?