El arco iris
El arco iris –Vete –contestó ella–. Déjame bailar en paz.
–Eso no es bailar –contestó él ásperamente–. ¿Por qué quieres hacer eso?
–No lo hago para ti. Vete.
¡En aquel vientre extraño y levantado, estaba su hijo!, pensó Will. ¿No tenÃa derecho a estar ahÃ? SentÃa que su presencia era una violación. Sin embargo, tenÃa derecho a estar ahÃ. Fue a sentarse en la cama.
Anna dejó de bailar y le hizo frente, levantando de nuevo los brazos esbeltos, entrelazados en su pelo. Su desnudez la herÃa, enfrentada a él.
–Puedo hacer lo que quiera en mi dormitorio –gritó–. ¿Por qué me lo impides?
Se cubrió con una bata y se acuclilló delante del fuego. Will estaba más tranquilo ahora que ella se habÃa vestido. Esta visión de Anna atormentarÃa a Will todos los dÃas de su vida: era un ser desconocido y exaltado que no tenÃa ninguna relación con él.
A raÃz de esto, fue como si una puerta se cerrara en la cabeza de Will. Su frente se cerró y se volvió impenetrable. Sus ojos dejaron de ver, sus manos se inmovilizaron. Su voluntad se agazapó como una bestia, escondida en la oscuridad, pero siempre poderosa, siempre activa.