El arco iris
El arco iris Al principio, Anna siguió bastante contenta, con él cerrado a su lado. Con el tiempo, sin embargo, sucumbió al hechizo de su marido. La fuerza oscura y ardiente de Will, el poder de la fiera oculta y firme en su voluntad de destruir al animal que corre en libertad, como el tigre que acecha en la oscuridad de la espesura fuerza sin tregua la caída y la muerte de las frágiles criaturas que beben por la mañana a la orilla del río, poco a poco causaron efecto en Anna. Aunque Will continuaba agazapado en la oscuridad, sin moverse, Anna sabía que la esperaba. Era consciente de cómo la cercaba y la abatía con su voluntad, aun cuando se mostraba silencioso y oscuro.
Anna se dio cuenta de que Will coartaba sus movimientos. Progresivamente, comprendió que su marido la estaba doblegando, la doblegaba, la acosaba con su peso, la acorralaba como el leopardo a una res, hasta agotarla y abatirla.
Progresivamente, Anna comprendió que su vida, su libertad, sucumbían bajo el peso silencioso de aquella fuerza física. Will la quería en su poder. Quería devorarla a su antojo, poseerla. Y a la larga comprendió que incluso el sueño era una prolongación del dolor, del cansancio, del agotamiento, porque la voluntad de su marido la atenazaba, tendido a su lado, de noche.