El arco iris
El arco iris Y Anna lo derrotaba, lo derrotaba. ¿Adónde podía aferrarse, como un náufrago en un mar oscuro que pierde su único asidero? Quería abandonarla, quería ser capaz de abandonarla. Por el bien de su alma, por el bien de su hombría, tenía que ser capaz de abandonarla.
Pero ¿por qué? Anna era el Arca, y el resto del mundo estaba anegado. Lo único tangible, lo único seguro, era la mujer. Solo podía abandonarla por otra mujer. Y ¿dónde estaba la otra mujer, quién era la otra mujer? Además, volvería a encontrarse en el mismo estado. Otra mujer sería una mujer, la situación sería la misma.
¿Por qué lo era ella todo, lo absoluto, por qué tenía que vivir únicamente a través de ella, por qué tenía que hundirse si se separaba de ella? ¿Por qué se aferraba desesperadamente a Anna, como si en ello le fuera la vida?
La única manera de dejarla era morir. La única manera de dejarla definitivamente era morir. Su alma, enfurecida y oscura, lo sabía. Pero él no quería morir.
¿Por qué no podía dejarla? ¿Por qué no podía lanzarse a las aguas ocultas y vivir o morir, fuera lo que fuera? No podía, no podía. Supongamos que se marchara, muy lejos, y que encontrara trabajo y alojamiento. Podía volver a ser el mismo de antes.