El arco iris
El arco iris Odió a su mujer por lo que había dicho. ¿Es que él no se lo daba todo, no era ella todo para él? Y la vergüenza ardió en su pecho como un fuego implacable, porque ella lo era todo para él, no tenía nada más que a ella. ¡Pensar cómo lo hostigaba ella, pensar que no podía escapar! El fuego se volvió negro en sus venas. Y es que, por más que lo intentara, nunca podría escapar. Ella lo era todo para él, era su vida y su prolongación. Dependía de ella. Privado de ella, se derrumbaría como una casa despojada de sus cimientos.
Y Anna lo odió por esta dependencia tan absoluta. Le parecía repugnante. Quería apartarlo, alejarlo. Era horrible esta manera de desgarrarla, como un leopardo que la hubiera atrapado y no la soltara.
Will dejaba pasar los días sumido en una negrura de rabia, vergüenza y frustración. ¡Cuánto se torturaba, para lograr alejarse de ella! Pero no podía. Anna era la roca en la que se asentaba, rodeado de aguas bravas y profundas, y él no sabía nadar. Tenía que asentarse en ella, tenía que depender de ella.
¿Qué tenía él en la vida, aparte de Anna? Nada. Lo demás era un diluvio inmenso y poderoso. Lo abrumaba el terror a la noche del diluvio, del diluvio incontenible que era su visión de la vida sin ella. Se aferraba a ella con violencia y vileza.