El arco iris
El arco iris Sin embargo, su mujer lo empujaba, lo alejaba de ella, le rompía los dedos con los que él se aferraba a ella, insistente, implacable. Will quería piedad. Y, a veces, por un momento, ella se compadecía. Pero siempre volvía a las andadas, lo empujaba a las aguas profundas, a la locura y la agonía de la incertidumbre.
Anna se convirtió en una furia para Will, no le prestaba la más mínima atención. Sus ojos irradiaban un odio inconmovible y frío. En esos momentos Will sentía que por fin iba a morir de miedo. Que ella lo empujaría a las profundidades.
Anna dejó de dormir con Will. Dijo que él le destrozaba el sueño. Y con esto se desataron para Will el frenesí y la locura del miedo y el sufrimiento. Ella lo rechazaba. Él se alejaba como un demonio acobardado y acechante, maquinando su astuta venganza, ideando la manera de hacerle daño. Pero ella lo rechazaba. En los momentos de mayor sufrimiento, Anna le parecía a Will inconcebible, un monstruo, el principio de la crueldad.
Aunque a veces cediera a la compasión, se había vuelto dura y fría como una joya. Tenía que apartarlo de ella, tenía que dormir sola. Preparó una cama para Will en la habitación pequeña.