El arco iris
El arco iris Y él se acostaba, fustigado, fustigado en el alma casi hasta morir, pero inamovible. Agonizaba de sufrimiento, arrojado a la irrealidad, como un hombre lanzado por la borda y obligado a nadar hasta ahogarse, porque no hay asidero, no hay nada más que un mar ancho y embravecido.
Will apenas conciliaba ese sueño superficial del fino velo que cubre el pensamiento. Eso no era dormir. Estaba despierto y no lo estaba. No podÃa estar solo. Necesitaba abrazar a Anna. No soportaba el vacÃo en su pecho y su vientre, donde antes estaba ella. No podÃa soportarlo. Se sentÃa flotar en el espacio, aferrado a su voluntad. Si relajaba su voluntad, caerÃa, caerÃa en el espacio infinito, en el pozo sin fondo, nunca terminarÃa de caer, despojado de voluntad, indefenso, inexistente, caerÃa hasta la extinción, caerÃa hasta que el fuego del rozamiento lo hubiera calcinado, como cae una estrella, y después, nada, nada, absolutamente nada.
Se despertaba, irreal y gris, por la mañana. Y Anna parecÃa otra vez cariñosa, como si en parte quisiera hacer las paces.
–He dormido bien –decÃa, con su alegrÃa ligeramente falsa–. ¿Y tú?
–Muy bien.
No estaba dispuesto a decir la verdad.