El arco iris
El arco iris Pasó tres o cuatro noches en esta duermevela, sin que su voluntad se alterara ni un ápice, tenso aún, concentrado en agarrarse. Luego, como renacida y libre de ser cariñosa con él, engañada por el silencio y la aparente aquiescencia de su marido, también movida por la compasión, Anna volvió a aceptarlo.
Noche tras noche, a pesar de la vergüenza, Will esperaba atormentado la hora de acostarse, para ver si Anna lo rechazaba. Y noche tras noche, cuando ella, con su falsa alegría, le daba las buenas noches, Will sentía que tenía que matarla o matarse. Entonces, ella pedía su beso, tan lastimera, tan hermosa. Y él la besaba, aunque su corazón era un témpano de hielo.
A veces salía. Una noche pasó un buen rato en el pórtico de la iglesia antes de acostarse. Era una noche oscura y ventosa. Sentado en el pórtico de la iglesia encontró un refugio, cierta seguridad. Pero empezaba a hacer frío, y tenía que irse a la cama.
Así llegó la noche en que Anna lo abrazó y lo besó con ternura.
–¿Te quedas conmigo esta noche? –dijo.
Y él se quedó sin reparos. Sin embargo, su voluntad no se alteró. Seguía empeñado en aferrarse a ella.
Y así, ella no tardó en volver a decirle que necesitaba estar sola.