El arco iris
El arco iris –No quiero echarte. Quiero dormir contigo. Pero es que no puedo dormir, no me dejas dormir.
La sangre de Will se volvió negra.
–¿Qué quieres decir? Es una mentira descomunal. ¡Que no te dejo dormir…!
–No, no me dejas. Duermo estupendamente cuando estoy sola. Y cuando estoy contigo no puedo dormir. Me haces algo, me cargas la cabeza. Y necesito dormir, ahora que el niño está cerca.
–No es cosa mÃa –contestó él–. Es cosa tuya.
Eran aterradores estos combates nocturnos, cuando el mundo entero dormÃa y ellos estaban solos, solos en el mundo, ahuyentándose mutuamente. La situación era difÃcilmente soportable.
Will se acostaba solo. Y por fin, tras una fase gris, lÃvida y fantasmal, se tranquilizaba, algo cedÃa dentro de él. Se dejaba llevar, sin preocuparse de lo que pudiera pasarle. Se volvÃa ajeno y remoto para sà mismo, para ella, para todo el mundo. Todo se volvÃa difuso, como si estuviera anegado. Y era un alivio infinito ahogarse, un alivio, un alivio inmenso.
DejarÃa de insistir, dejarÃa de imponerse. No volverÃa a imponerse sobre ella. Se dejarÃa llevar, tranquilamente, se deslizarÃa, y lo que tuviera que pasar pasarÃa.